Relato: La conjura de las viudas (parte I)

Este relato está inspirado en hechos reales. La Embajada Keicho, la misión diplomática del samurái Hasekura Tsunenaga y su viaje en el Date Maru son parte de la historia de Japón y España. Dicho barco llegó a España en 1614 y la delegación viajó a Sevilla, Barcelona y Roma. Hasekura Saemon, el Hoshi Maru y Estrella de la Niebla son ficticios y creados para la narración de esta historia. Puedes leer más acerca de la embajada Keicho en este post. Y si lo prefieres, puedes descargar el relato completo en formatos epub y pdf a través de Lektu.

 

La conjura de las viudas (parte I)

 

1

En octubre de 1614, dos barcos extranjeros se acercaban a la costa española. Habían realizado un largo viaje atravesando el océano Pacífico y el Atlántico. Era la Embajada Keicho, procedente de Japón, cuyo cometido era mantener los vínculos establecidos con España y el Vaticano; a pesar de que el nuevo Shogun, Tokugawa Ieyasu, había iniciado una persecución contra los cristianos y parecía decidido a zanjar toda relación con Europa. El señor feudal Date Masamune, convertido al cristianismo, encomendó una misión especial para el embajador Hasekura Tsunenaga: establecer a toda costa un tratado comercial con España e Italia que permitiera la entrada de armas y tecnología occidentales de Japón a espaldas del Shogun. Hasekura Saemon, sobrino de Tsunenaga, estaba allí para cumplir con otro importante cometido: servir de intérprete para su tío en sus conversaciones con el Rey de España y con el Papa. Saemon había estudiado desde niño latín, español e italiano; conocía mejor que la mayoría de samuráis las costumbres occidentales y aquel viaje le entusiasmaba.

—Te lo advierto, Saemon-san, Europa huele mal, los occidentales no se asean, ¡ni siquiera los reyes! Nuestros campesinos huelen mejor que el Papa de Roma —le aseguró Suwa, un japonés que había visitado España unos años antes.

Los dos barcos avanzaban con rumbo fijo y pronto verían tierra. Tenían que llegar hasta Cádiz, subir la cuenca del río Guadalquivir y después de reunirse con el rey de España, viajar a caballo de Sevilla a Barcelona para desde allí volver a embarcar hasta Italia. El Date Maru era la embarcación mayor y el embajador Tsunenaga iba en ella. Saemon, en cambio, era el samurái a cargo del Hoshi Maru, “el barco de la estrella”; aquel era el nombre con el que Saemon lo había bautizado, pues las velas y la cubierta estaban decoradas con pequeñas estrellas que recordaban al cielo nocturno en verano. Los españoles insistieron en poner a los barcos sus propios nombres cristianos, por lo que llamaron al primero San Juan Bautista y al segundo María Magdalena. A Saemon no le importaba cómo los extranjeros los llamaran siempre que no se empeñaran en bautizarlo a él; una cosa era estar allí en misión diplomática y actuar a espaldas del Shogun Tokuwaga, y otra muy distinta era convertirse a una fe que pondría a sus ancestros en su contra. Él rezaba a Buda y a los dioses shintoistas que habían convertido a su país en una tierra sagrada.

Desde la proa contempló un nuevo amanecer. Vestía con ropas orientales: un kimono azul con el emblema de su clan y un pantalón ancho acampanado llamado hakama. Llevaba además sus espadas, la larga y la corta, símbolos de su estatus de samurái. Acarició las fundas de las espadas con sutileza con los dedos, eran suaves y brillantes, con un precioso lacado negro sobre el que se trazaba con maestría la silueta dorada de una rama de cerezo.

—Buenos días. —Honami se había acercado a él y miró al cielo—. Parece que hace un buen día, hoy veremos tierra al fin.

—Sí, los dioses bendicen nuestro viaje y nos acercan a la costa —replicó Saemon.

Honami era un muchacho, otro estudiante de latín que, a diferencia de Saemon, sí se había convertido al cristianismo y, aun así, vestía ropas japonesas. Sacó del interior de su kimono un abanico de papel blanco, lo abrió con lentitud y lo miró embelesado, como si contemplara un recuerdo. Saemon había visto aquel abanico decenas de veces, Honami siempre lo llevaba con él, lo cuidaba como si fuera su mayor tesoro y leía una y otra vez los delicados caracteres femeninos que en él había trazados:

No hay mar que pueda separar dos estrellas destinadas a estar unidas.

Saemon suspiró. Sin duda Honami tenía alguna amada que había dejado en Japón y por desgracia pasarían mucho tiempo separados.

Oyó entonces los pasos del monje budista que daba incesantes vueltas por la cubierta haciendo sus rituales para proteger la embarcación. En las manos llevaba un collar de cuentas llamado mala, similar al rosario cristiano. Aquel hombre había sido enviado para hablar con el Papa sobre la religión y sobre cómo convivían el budismo y el shintoismo con el cristianismo; aunque Saemon temía que, llegado el momento, el Papa no quisiera saber nada de él. Con ellos iba también un sacerdote católico de aspecto sombrío, un jesuíta. Saemon no entendía tantas divisiones en el cristianismo, que si católicos, que si protestantes, que si órdenes monásticas enfrentadas… ¿por qué? Cuando el budismo llegó a Japón la nueva fe se unió a la shintoísta sin demasiados problemas y, durante siglos, los japoneses habían venerado a Buda, a Amaterasu y los ancestros sin ninguna complicación. El monje caminaba en silencio, miró a babor y dirigió la vista al imponente Date Maru, alzó su sagrado collar y juntó las manos.

—Esos rezos no servirán pues es Dios quien protege estos barcos —dijo Honami santiguándose con la mano derecha.

«Sí, el dios del mar y de las tormentas, Susano-wo nos ha ayudado a llegar hasta aquí», pensó Saemon con media sonrisa.

Era mediodía cuando Saemon vio la línea de costa, después comprobaron que se acercaban a un desfiladero de rocas afiladas, parecía la boca de un lobo de largos colmillos. Debían tener cuidado de que la marea no los arrastrara hasta allí, intentarían bordear las rocas desde una distancia prudencial hasta el puerto de Cádiz. De pronto, el cielo azul claro se oscureció, una gran nube negra apareció y parecía haberse hecho de noche. Y lo más curioso, una densa niebla procedente del acantilado llegó hasta el barco. Saemon tuvo la impresión de navegar en una nube.

—¿De dónde ha salido? —preguntó Honami confuso.

Saemon miró desconcertado el cielo y la niebla, jamás había presenciado algo así, hacía tan solo unos minutos no se divisaba ninguna nube en ninguna dirección y el cielo estaba despejado.

El viento soplaba con fuerza y comenzó a llover de manera torrencial. Saemon dio órdenes aquí y allá a fin de mantener la embarcación lejos del acantilado. Oyó gritos desde el Date Maru, ellos también parecían sorprendidos por la repentina tormenta.

—¡Esto es un castigo de Dios! —gritó el cura cristiano—, ¡nos castiga por permitir que estos monos herejes se acerquen a nuestra tierra! ¡Dios no permitirá que los infieles pisen el suelo de la Santa Iglesia! ¡Jamás llegaréis a Roma! ¡Arrepentíos! ¡Es vuestra oportunidad para entrar en el reino de Dios!

Saemon ignoró al sacerdote y se amarró al timón con fuerza. Vio preocupado como el viento los alejaba del Date Maru y perdió de vista el barco en el que viajaba su tío. Un trueno ensordecedor hizo callar al sacerdote. El navío se agitaba de un lado a otro y Saemon jamás había visto unas olas como aquellas. Había sufrido la fuerza de varias tempestades en el mar de Japón, había sido testigo de terremotos y tsunamis que se tragaban aldeas enteras; y jamás había conocido un mar tan furioso. «Esto no es obra de ningún dios, es obra de un demonio», pensó. Los marinos hacían grandes esfuerzos por evitar que el barco volcara, aunque la intensa lluvia parecía en realidad una cascada que comenzaba a inundar la cubierta. Algunos gritaban aterrados, otros rezaban y el cura cristiano estaba bautizando con agua de mar a varios marineros temerosos. Unos pocos mantenían la compostura, en especial el monje budista, que rezaba en silencio con su mala en la mano.

Las olas eran cada vez más y más altas y caían como un cubo de agua sobre un hormiguero una y otra vez. La niebla casi se había disipado por completo. Saemon se desorientó al no ver la costa ni al Date Maru, nada. Solo agua y más agua, la espesa cortina de lluvia le nublaba la vista. En aquel momento, Saemon contempló la muerte: la ola más grande que jamás hubiera visto ni imaginado, aquel monstruo iba a aplastar el Hoshi Daru y hundirlo en las profundidades. Abrazó el timón, rezó a los dioses y a sus ancestros deseando no convertirse en un fantasma. Lo último que vio fue la gran ola alzándose sobre ellos como un dios, como un demonio.

2

Saemon abrió los ojos. Las ramas de los árboles se movían sobre el claro azul del cielo. No, las ramas no se movían. Se movía él. La boca le sabía a sal y sintió mucha sed. Los ojos le picaban y por unos momentos le molestó la claridad. Comprendió entonces que estaba vivo, pero, ¿cómo? Cerró los ojos e hizo memoria: la nítida luz del mediodía y le repentina tormenta sobrenatural. ¿Dónde estaba? La cabeza le daba vueltas, el traqueteo le mareaba aún más y le vino olor a pescado y a marisco. Se incorporó un poco y comprobó que estaba en un carromato lleno de sacos de esparto. Vio las espaldas de dos mujeres sentadas en la parte delantera; vestían con ropas sucias y desgastadas y llevaban el pelo recogido en moños apretados.

—Vaya, ya se despertó —dijo mirándolo la que llevaba las riendas del asno. Era una mujer de avanzada edad, aunque quizá el sol y el trabajo la hubieran envejecido demasiado rápido.

—Es un hombre con suerte —dijo la otra sin volverse.

Saemon pestañeó aturdido, agitó la cabeza intentando aclarar sus ideas.

—Se… señoras. Me llamo Hasekura Saemon y soy japonés. Mi barco viajaba en una importante misión diplomática. Por favor, amables señoras, ¿podéis explicarme qué hago aquí?

—¿Japonés? —preguntó la primera sorprendida—, ¡qué interesante! Mira Leotaria, nunca hemos tenido a un japonés en el pueblo.

Leotaria se giró entonces para verlo y soltó un bufido. Era una mujer joven, con los ojos negros y redondos y los labios carnosos.

—Tiene la cara rara… ¿Cómo dices que te llamas?

—Hasekura Saemon, Saemon.

—Sae… ¿qué? —preguntó Leotaria.

—Simón —dijo la primera mujer—, lo ha dicho bien claro, Leotaria, el embarazo te tiene turulata, y a mí me parece guapo. Hola Simón, soy Mercedes y esta bruta es la Leotaria. Te encontramos tirado entre las rocas, si te dejamos ahí te comen los cangrejos; has tenido suerte, los cangrejos te los comerás tú.

Saemon se inclinó de inmediato.

—Señoras, me habéis salvado la vida, no sé cómo daros las gracias.

Las dos lo miraron y rieron.

—Míralo, Mercedes, ¡qué galante! ¡Ni que fuéramos unas princesas!

—Por favor, señoras, digánme si han visto a más náufragos o restos de un barco.

—Nada. Estabas tú solo, Simón —dijo Mercedes—. ¿Cómo es que hablas español? ¿Los japoneses habláis español?

—No todos, señora. Yo he estudiado durante años español, latín e italiano. De hecho he de ser el intérprete entre mi señor y vuestro rey. Es de vital importancia que llegue hasta Cádiz y explique lo ocurrido, debo saber si el otro barco de la embajada se ha salvado.

—Claro, claro… Pero primero tenemos que llegar al pueblo, Estrella de Niebla se llama. La Veremunda querrá conocerte.

—¿Tú crees? ¿Tan pronto? —preguntó Leotaria mirándolo de reojo.

—¿Has visto que buena planta tiene? Es un buen mozo —replicó Mercedes.

Saemon no comprendió que querían decir y ya bastante extraño se le hacía el acento de aquellas campesinas que nada tenía que ver con el del maestro que le había enseñado a hablar en lengua extranjera. Mareado, se volvió a tumbar. Estaba vivo y sintió una profunda tristeza por sus compañeros de viaje, por Honami y su amada que no lo volvería a ver, «habrá muerto sosteniendo el abanico…». Entonces fue a acariciar sus espadas y comprendió que no las tenía. Las había perdido… ¡Había perdido sus espadas! El corazón le dio un vuelco. Intentó despejar su mente, ¿y si alguno de sus compañeros había llegado con vida a la orilla y Leotaria y Mercedes no lo habían encontrado?

—Señoras, por favor, demos la vuelta. Necesito comprobar si alguno de los marineros que iban conmigo llegaron a tierra.

—¿Ahora? Ya estamos llegando y se está haciendo de noche —dijo Mercedes—, y a esta hora salen los lobos. Mañana mi marido podrá acompañarte. Ir solo es muy peligroso, te puedes perder, Simón.

Suspiró entristecido y se resignó. También asumió que en Estrella de la Niebla lo llamarían Simón.

Al cabo de un rato, llegaron a una cabaña cochambrosa cubierta de musgo.

—Cuidado, aquí vive la Petra, está loca —explicó Mercedes.

Entonces una anciana de complexión fuerte salió de la casa y miró a las dos mujeres con los ojos espantados.

—¿Qué hacéis aquí? ¡Decidle a la Veremunda que no quiero saber más de esto, que se los lleve a todos!—gritó Petra.

—Calla, ¡contigo no queremos nada! —respondió Leotaria.

Petra descubrió a Saemon y corrió hacia el carromato, lo miraba con fijeza a los ojos y Mercedes azuzó al asno para que fuera más rápido. Las dos mujeres del carromato comenzaron a gritar, Petra solo prestaba atención al samurái hasta que consiguió agarrarlo por el brazo.

—Cuidado con la niebla —le susurró la anciana.

El asno aceleró la marcha y Petra no pudo seguirlos.

—Ni caso a esa perturbada, Simón —dijo Mercedes con tranquilidad.

Saemon respiró hondo y sintió lástima por aquella anciana solitaria.

3

Se alojó en casa de Mercedes, en la habitación más sucia que jamás había visto. La mujer le dejó ropa de su esposo que, por fortuna, sí estaba limpia: una camisa blanca y un pantalón azul. No le gustó aquel atuendo, pero su kimono estaba destrozado. También le prestó unas botas y se sintió extraño moviéndose con aquella horrible indumentaria de campesino español. Sintió lástima por sus elegantes kimonos perdidos en el naufragio. Apesar de todo, intentó ser amable con su salvadora, que además cocinaba muy bien.

Cenó en la cocina con Mercedes y su hija mayor, una muchacha de unos dieciocho años llamada Areúsa. Por ahí jugueteaban unas niñas alegres llenas de mugre.

—Permitidme que os lo pregunte, Mercedes, ¿dónde está vuestro esposo? —preguntó Saemon.

—En los campos, hace vino, ¿sabes? Y no me hables así que yo no soy la reina. Melendo llega siempre muy tarde, es muy trabajador.

Areúsa le volvió a llenar el plato de sopa de pescado y le sirvió un vaso de vino. Saemon lo probó, él nunca bebía vino pues prefería sake, y le pareció que tenía un sabor muy particular. Le llamó la atención el comportamiento de Areúsa; lo miraba con intensidad, como si lo desafiara con una sonrisa y, aunque llevaba un manto sobre los hombros lucía un generoso escote. A Saemon le pareció muy vulgar, incluso las campesinas japonesas se comportaban con mucho más decoro; Areúsa parecía una prostituta de un miserable burdel. Era bonita y si estuviera bien educada le parecería atractiva, ¡y si se aseara! Areúsa olía como su madre, a sudor y a mar.

Abrió la ventana para ventilar la estancia y la luz del día inundó la humilde alcoba. «Yo mismo limpiaré esto, no puedo dormir en un sitio tan sucio». Su cuarto daba a la calle principal de la modesta aldea y vio a las hijas pequeñas de Mercedes corretear de aquí para allá con otras niñas igual de andrajosas. Era un grupo de unas doce niñas, la más pequeña era un bebé de un año o dos que iba en brazos de la mayor, que tendría unos trece. «Supongo que los niños estarán en el campo o pescando con los hombres… ¡Maldita sea! He dormido demasiado y el esposo de Mercedes se habrá marchado ya…». Se dio cuenta también de que, para estar tan cerca del bosque, no se oía el trinar de ningún pájaro.

Bajó a la cocina y Mercedes le confirmó que Melendo se había ido al amanecer con el resto de los hombres. Decidió entonces ir él solo de regreso al lugar en el que había naufragado.

—Es muy peligroso, Simón. Además la marea sube por la noche, si quedaba algún amigo tuyo se lo habrá llevado la corriente. Si alguno está vivo, quizá esté en otro pueblo —le dijo Mercedes y Saemon comprendió que la campesina tenía razón, las posibilidades de encontrar a sus compañeros eran casi nulas.

—En tal caso, he de ir a Cádiz, debe estar hacia el suroeste y no muy lejos.

—Sí está cerca, sí, pero hay lobos.

—Con o sin lobos debo ir. Por favor, dame agua y comida para el viaje, cuando me encuentre con mi señor, le contaré lo ocurrido y el pueblo entero será recompensado.

—Ah, ¿sí? —preguntó la joven Areúsa con cierta chulería—. ¿Tan importante eres?

—Sí, lo soy, ¡soy un samurái! Capitán del Hoshi Maru y tengo labores de gran trascendencia.

—¡Pues claro que es importante, estúpida! —replicó Mercedes dándole una fuerte colleja—, ¿no ves cómo habla? ¿Cuándo has visto tú a un hombre hablando así, haragana?

Areúsa se levantó con gesto altanero, agarró su mantilla y se cruzó de brazos. Miró a su madre con soberbia y salió por la puerta moviendo las caderas de manera exagerada.

—Pérdonala, está preñanda, ¿sabes? Y está tan jartible como la Leotaria. ¿Por qué no esperas a mañana? Le diré a mi marido que mande a mozos jóvenes que te acompañen hasta Cádiz, así ven algo de mundo los pobres.

Saemon aceptó, no le entusiasmaba perder ni un día, pero no quería ser descortés con su anfitriona.

Después de limpiar su habitación con ahínco, salió a dar un paseo y un par de ancianas lo miraron con curiosidad desde un banco de piedra. El pueblo era pequeño, rodeado de bosque y las casas eran humildes y estaban medio destartaladas. Menos una. Había una enorme casa de piedra bordeada por un frondoso jardín y unas rejas negras, justo enfrente de la iglesia. Se paró frente a ella, jamás había visto una construcción como aquella.

—La casa de la Veremunda —le dijo Leotaria que había salido de la nada. A diferencia de Areúsa, Leotaria lucía ya una prominente barriga de embarazada. Cargada con una cesta llena de rábanos y la dejó en el suelo—. La Veremunda es muy importante, su padre era el patrón, todos la queremos mucho.

Se acarició el vientre y Saemon no puedo evitar mirarlo, le gustaba la luz que desprendían las mujeres embarazadas. Vio entonces la peluda muñeca de Leotaria y se sorprendió, jamás había visto a una mujer con una mata de vello tan espeso, ni siquiera a los hombres españoles de espesas barbas que había conocido. Leotaria pareció darse cuenta y se tapó la mano con la manga. Para mayor desconcierto de Saemon, la otra muñeca de Leotaria era normal, fina, de piel morena y sin un pelo. No puedo evitar acordarse de un cuento muy popular de su tierra: un espíritu zorro se convertía en una bella mujer para engañar a un hombre y casarse con él, incluso tenían hijos juntos. ¿Sería Leotaria un espíritu kitsune? Era poco probable, los kitsune eran espíritus zorro que se convertían en mujeres bellas y Leotaria, con sus labios voluminosos y sus cejas espesas, no le parecía bonita en absoluto. Cayó en la cuenta de que no solo no había niños, sino que no había visto ningún animal como perros o gatos, solo insectos o los necesarios para alimentarse. Le sorprendió que allí la gente no tuviera animales de compañía, gatos que ahuyentaran a los ratones o perros para ir de caza.

—¿Todos los hombres y niños se van a trabajar? —preguntó Saemon.

—Todos, a los viñedos van antes del amanecer. Es muy peligroso ir solo, hay lobos en el bosque.

—¿Y el cura? No lo he visto…

—Uy, se murió hace un mes y estamos esperando a que el obispo nos mande a otro. —Se santiguó repetidas veces con la mano izquierda y Saemon dedujo que era zurda—. La Librada limpia la iglesia y toca la campana. Pobrecilla, se quedó para vestir santos, es que es muy fea y además yerma, una desgracia.

—¿Yerma? —preguntó extrañado.

—Sí, infértil. ¡Qué calamidad! —Entonces cogió la cargada cesta con la mano derecha y se marchó sin decir nada más.

4

Aquella noche no lograba conciliar el sueño. La elevada cama con el colchón de paja se le hacía insoportáblemente incómoda. Además no había podido asearse, al parecer había poco jabón en la casa y Mercedes lo administraba con cuidado. Cuando le dijo que se quería lavar, Mercedes y Areúsa lo miraron con cierto recelo y luego las oyó cuchichear.

—A ver si va a ser un rey o algo así… A la Veremunda le gustará —dijo una de ellas.

Casi era ya medianoche y Saemon se dio cuenta de que los hombres no habían regresado. Miró por la ventana y nada, ni un movimiento. La abrió y la brisa otoñal trajó una fragancia fresca. Cuando la campana de la iglesia dio las 12 escuchó pisadas procedentes de distintos lugares. Poco a poco fueron apareciendo mujeres, ¿por qué se reunirían allí? Quizá estuvieran preocupadas porque sus maridos, padres e hijos no habían regresado de los viñedos. Todas vestían de negro y llevaban las cabezas cubiertas con mantones y pañuelos oscuros. Poco a poco, la niebla subió y solo se veían sus hombros y sus cabezas. Entonces el grupo se encaminó con paso lento y cadenciosos mientras entonaban una extraña canción.

Veremunda, Veremunda,

vamos ya Veremunda.

Espéranos. Tú eres sabia.

Veremunda, toma todo de nosotras.

Veremunda, Veremunda.

Sintió un nudo en el estómago sin comprender qué estaban haciendo y cuando se alejaron la niebla se disipó. Quizá no sabía tanto de España y sus costumbres como creía, aunque lo ocurrido con la niebla era sin duda un fenómeno extraño. Intentó conciliar el sueño, pero aquellos cantos le habían producido una gran inquietud. Decidió entonces bajar a la cocina, no tenía sus espadas, y se sentiría más seguro si al menos llevaba consigo un cuchillo.

No se sentía bien haciendo algo así, ¡robar a su anfitriona! Con todo, había cosas demasiado extrañas: la ausencia de hombres y niños que no llegaban; aquel misterioso cónclave; la Veremunda y su mansión señorial y el velludo brazo de Leotaria, que se santiguaba con la mano izquierda y cargaba la cesta con la derecha. Todos los cuchillos estaban medio oxidados o mellados, cogió uno pequeño que estaba en buen estado y rezó porque Mercedes no notara la ausencia. De regreso a su alcoba lo guardó debajo de la almohada. «¿Pero qué estoy haciendo? Estas mujeres se han portado bien conmigo, me salvaron la vida, son humildes y honradas. Mañana devolveré el cuchillo y me marcharé. Soy un samurái, no un vulgar ladrón».

Nervioso, vio llegar el amanecer. Los hombres no habían regresado y las mujeres sí. Caminaron juntas y envueltas por la niebla hasta el punto inicial de reunión y se dispersaron. Dio vueltas un par de horas más en la cama y decidió levantarse. Bajó a la cocina con la esperanza de encontrársela vacía y poder dejar el cuchillo en su sitio; pero allí estaba Mercedes haciendo el desayuno. Quiso entonces confesarle la verdad y devolverle lo que le había robado.

—Qué madrugador eres, Simon, casi tanto como mi Melendo, se ha marchado hace un rato con los demás hombres. Me temo que hasta mañana no te podrás ir. ¿Cómo has dormido? Yo como los angelitos del cielo —dijo Mercedes mientras le servía vino especiado y un trozo de pan.

Saemon mantuvo la calma aunque por dentro ardía al comprender que le estaba mintiendo, pues bien sabía que Melendo no había regresado la noche anterior, ni él, ni ningún hombre. También sabía que Mercedes no había dormido como ningún ángel. Recordó la misteriosa reunión, la procesión a casa de la Veremunda y la niebla, y decidió guardarse el cuchillo. «Saemon, cálmate, no conoces las costumbres de los españoles, y España es tan grande… ¿quién sabe cómo es en realidad este lugar y sus gentes?».

En aquel momento llamaron a la puerta y Mercedes abrió. Entró una mujer joven que nada tenía que ver con las españolas que Saemon había visto hasta el momento. Tenía la piel blanca, casi tanto como la de una princesa japonesa; los labios eran una fina línea trazada con delicadeza; sus mejillas estaban cubiertas por un ligero rubor rosado y sus ojos eran como los de un gato, verdes e intensos, rodeados por unas tupidas pestañas oscuras. Sus rizos castaños caían como una cascada por sus hombros y su espalda. Era una mujer extraña y bellísima. Lucía un pulcro vestido de terciopelo azul oscuro con las mangas largas. Llevaba un collar de cuentas en el cuello medio tapado por el vestido, parecía un mala de los monjes budistas, y Saemon dedujo que sería un rosario cristiano. No es que fuera muy alta, pero parecía esbelta y espigada en comparación con Mercedes, que en cuanto la vio entrar se inclinó en señal de respeto.

—Doña Ángela, no la esperaba señora. ¡Areúsa! ¡Niñas! ¡Venid aquí! —vociferó Mercedes y al momento aparecieron todas haciendo reverencias.

—He venido a conocer a tu invitado, Mercedes, ese del que tanto le has hablado a mi madre. ¿Es este? —dijo con voz dulce mirando a Saemon.

—Sí señora, este es.

Saemon se levantó de inmediato e hizo una reverencia, pues aquella dama parecía de alta cuna y quería ser respetuoso.

—Mi nombre es Hasekura Saemon, señora. En este pueblo me llaman Simón, les es más fácil.

—Saemon… No es tan complicado —dijo Ángela mirándolo de arriba a abajo y esbozando media sonrisa—. Perdona a estas estúpidas ignorantes. —Miró a Mercedes y a sus hijas, que bajaron la cabeza avergonzadas. Sonrió con dulzura a Saemon y se marchó.

Cuando doña Ángela salió de la casa, Mercedes y Areúsa respiraron aliviadas, sin duda aquella joven era alguien importante, quizá una noble, no había más que verla para comprobar que pertenecía a una casta diferente. Agitó la cabeza volviendo en sí, recordó el cuchillo, las mentiras, el misterioso cónclave de mujeres envuelto en niebla y los cánticos a la Veremunda.

—Señoras, han sido muy amables conmigo, ahora he de marcharme pues no puedo perder más tiempo. He de llegar a Cádiz cuanto antes, necesito saber qué ocurrió con el otro barco de la embajada. Espero que lo comprendan.

Las dos mujeres lo miraron con la boca abierta, sin saber bien qué decir.

—Pero… Pero Simon, es muy peligroso, está lleno de lobos… —dijo Mercedes.

—No me importa. Soy un samurái, no le temo a la muerte.

—De acuerdo, desayuna antes, ¿no? A ver si te va a dar un vahído.

—¿Un qué?

—Un patatús, hombre, que te marees por ir con el estómago vacío. —Mercedes y Areúsa le sirvieron el vino especiado y una hogaza de pan con chorizo—. Come —dijo de manera imperativa Mercedes.

Saemon la miraba a los ojos, dio un sorbo al vino y notó un sabor extraño, no parecía el mismo vino que había probado antes.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —preguntó Mercedes con una sonrisa y los ojos muy abiertos—. Le he puesto un poco más de naranja.

—No, es que no me apetece vino. Prefiero agua.

—No he podido ir al pozo a sacar, si quieres ir tú… Ten cuidado no te vayas a caer, que es un pozo muy profundo… Y leche solo hay la de la cabra de la Casilda, ya la probaste ayer, ¿recuerdas? Y no te gustó.

Saemon dudó. Tenía sed, no se fiaba del vino preparado por Mercedes y, desde luego, no quería acercarse al pozo. Fingió dar otro sorbo al vino.

—Me gusta la naranja, ¿tienes una naranja, por favor? —Sin duda el zumo de una fruta fresca y jugosa sería una buena solución.

—No, no quedan. Seguro que esta noche mi marido trae uvas. Bebe, bebe, he puesto ahí todas las naranjas.

—Sí, bebe, bebe —insistió Areúsa.

Saemon tragó saliva y dio otro sorbo. Se sintió ligeramente mareado y juró no beber más pasara lo que pasara.

—Bien, no quiero molestar más. He de partir. Gracias por todo.

Se puso en pie y se dirigió a la puerta.

—Espera Simón, te prepararé algo de comer, que hasta Cádiz tienes mucho que andar —dijo Mercedes interponiéndose en su camino.

—No será necesario, estoy acostumbrado al ayuno.

Se las apañó para esquivar a las insistentes Mercedes y Areúsa y, decidido, caminó hacia el sureste, dirección a Cádiz. Notó las miradas de las mujeres desde los bancos de piedra en las puertas de las casas y desde las ventanas tras los finos visillos. Sentía todos aquellos siniestros ojos clavados en la nuca. «Si alguna se interpone en mi camino la mataré», pensó apretando el cuchillo que llevaba bajo sus ropas.

Continuará…

 

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