Cuando hablamos de la Historia de Japón, normalmente mencionamos el Periodo Heian, el Sengoku, el Edo, la Restauración Meiji… Indagando un  poco, descubrimos que hubo extranjeros que llegaron al país nipón con el fin de extender el cristianismo y establecer relaciones comerciales. Y si investigamos un poco más, sabremos que hubo embajadores japoneses en Europa. En concreto, en este post, te hablaré de la embajada Keicho que visitó España a comienzos del s. XVII, la cual me inspiró para escribir mi último relato, La conjura de las viudas, el cual puedes leer de manera gratuita en Lektu.

El Japón de entonces

A finales del s. XVI Japón era un hervidero de disputas, traiciones y guerras. Los dirigentes Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi habían llevado a cabo grandes conquistas que auguraban una unificación definitiva del país y, por lo tanto, el fin de los conflictos internos. En aquel entonces, había en Japón diversas órdenes religiosas asentadas procedentes de España, Portugal, Inglaterra u Holanda. Cada una de ellas quería ejercer su influencia y jugaron un papel importante apoyando a unos o a otros clanes. Por su parte, Nobunaga se sintió fascinado por la cultura europea y lucía con orgullo una radiante armadura occidental. De este aspecto de Nobunaga ya hablamos en la reseña de la película Goemon, que puedes leer en este link. Tras la muerte de Nobunaga, Hideyoshi se hizo con el poder; sin embargo, no le faltaban enemigos, pues mientras otros deseaban instaurar la paz, sus ansias de conquista no cesaban y manifestó sus deseos de atacar China y Corea. Fue un líder excéntrico y, entre otras medidas, privó a las castas bajas de espadas, permitiendo solo a los samuráis llevar daisho (conjunto de espada larga y corta, katana y wakizashi). Tras la muerte de Hideyoshi, los grandes líderes intentaron hacerse con el control, y fue Tokugawa Ieyasu el que lo consiguió. Era un hombre inteligente, brillante y paciente. Después de servir a las órdenes de Nobunaga y Hideayoshi, se convirtió en el tercer unificador de Japón.

Tokugawa vio en los extranjeros, en sus armas, en su fe y en sus costumbres, una amenaza para la tan anhelada estabilidad; por lo que cerró las relaciones con occidente y prohibió el cristianismo. Era el inicio del Periodo Edo, la larga dictadura de la dinastía Tokugawa en la que Japón se aisló del mundo y permaneció ajeno a todos los cambios que estaban por venir. Una novela interesantísima ambientada en la conquista de Tokugawa es Shogun de James Clavell, la cual te recomiendo.

La embajada Keicho

Con todo, no se puede luchar contra la corriente. Después de tanto tiempo de contacto con occidente y con el cristianismo, después de tantas iglesias construidas y tantos samuráis bautizados, era complicado erradicar el cristianismo. Varios señores feudales profesaban la fe llegada de occidente, entre ellos los Otomo o los Date. Fue el daimyo Date Masamune, que sentía una gran simpatía por los misioneros europeos, el que decidió construir el barco Date Maru, llamado Juan Bautista por los españoles, y enviar una embajada liderada por Hasekura Tsunenaga a México, España e Italia. Aquí tienes el recorrido completo. ¿Te imaginas un viaje así en un velero del s. XVII?

Y fue en este viaje en el que me inspiré para La conjura de las viudas, imaginé que junto al Date Maru, también navegaba el Hoshi Maru, un segundo barco capitaneado por el sobrino de Hasekura Tsunenaga, Hasekura Saemon. El Hoshi Maru, naufraga a consecuencia de una terrible tormenta en la costa de Cádiz. Saemon sobrevive y es rescatado por unas mujeres campesinas que cuidan de él. Desde luego y, siendo fiel a la temática que más me gusta, katana y brujería, esas mujeres esconden un terrible secreto.

¿Pero qué ocurrió en realidad? El Date Maru emprendió el viaje hacia España en 1613, pasó por Acapulco y Veracruz y, después de cruzar el océano Pacífico, atravesó el Atlántico hasta Cádiz. Allí remontó el río Guadalquivir hasta llegar a Coria del Río. Hago aquí un inciso, pues varios japoneses decidieron quedarse en Coria del Río y no regresaron a Japón;  hay aún españoles que llevan el apellidó “Japón”, se cree que ellos son descendientes de aquellos intrépidos viajeros, aunque no hay pruebas genealógicas que lo confirmen. En Coria del Río se alza esta estatua en honor a la Embajada Keicho y a Hasekura Tsunenaga.

Sigamos con el viaje. Después de su paso por Coria del Río, la embajada continuó la ruta terrestre por Sevilla, Madrid y Barcelona. Después volvió a embarcar para visitar el sur de Francia y, al fin, Italia.

El objetivo de la embajada era sellar acuerdos comerciales con occidente que beneficiaran a ambas partes; sin embargo, debido a la hostilidad del nuevo shogun, Tokugawa Ieyasu, hacia el cristianismo, el rey Felipe III, entonces el monarca más poderoso del mundo, se negó a cerrar ningún trato. La embajada Keisho había fracasado.

En 1620 regresó a un Japón ya aislado del todo y que había limitado al máximo el contacto con los extranjeros. A pesar de la falta de éxito, Hasekura Tsunenaga fue nombrado embajador de Japón en América y Europa, todo un pionero que intentó facilitar un acercamiento entre ambas culturas. Para bien o para mal, hasta el s. XIX este acercamiento no pudo llevarse a cabo.

¿Conocías esta historia? Resulta inspirador imaginar cómo debió de ser aquel viaje, el choque de culturas, la fascinación de los japoneses al ver la arquitectura y la moda occidentales, la de los europeos al ver los rasgos, costumbres y atuendos nipones. Si te ha gustado, comparte, deja un comentario y suscríbete para estar al tanto de nuevas publicaciones. Espero que te animes también a leer mi relato La conjura de las viudas. Y para terminar, te dejo el Proyecto Kitsune de esta semana, esta edición es especial, pues es un fragmento de La conjura de las viudas. ¡Nos leemos!

 

Las olas eran cada vez más y más altas y caían como un cubo de agua sobre un hormiguero una y otra vez. La niebla casi se había disipado por completo. Saemon se desorientó al no ver la costa ni al Date Maru, nada. Solo agua y más agua, la espesa cortina de lluvia le nublaba la vista. En aquel momento, Saemon contempló la muerte: la ola más grande que jamás hubiera visto ni imaginado, aquel monstruo iba a aplastar el Hoshi Daru y hundirlo en las profundidades. Abrazó el timón, rezó a los dioses y a sus ancestros deseando no convertirse en un fantasma. Lo último que vio fue la gran ola alzándose sobre ellos como un dios, como un demonio…

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