Relato: La conjura de las viudas (parte II)

Esta es la segunda parte de mi relato La conjura de las viudas. Si te perdiste la primera parte, puedes leerla en este link. Y si lo prefieres, puedes descargar el relato completo en Lektu, tanto en epub como en pfd. Espero que te guste el desenlace de este relato.

La conjura de las viudas (parte II)

 5

Se adentró en el bosque. De algún modo se sentía más seguro entre los árboles que entre aquellas mujeres. Intentó ordenar sus pensamientos, quería dar sentido a todo lo que había presenciado y convencerse a sí mismo de que no era más que un disparate, que solo eran unas mujeres campesinas del sur de España, sucias y maleducadas, pero normales. ¿Y si la reunión del cónclave había sido una pesadilla? Era lo más probable.

Respiró hondo más tranquilo. A veces se detenía para comprobar que nadie lo seguía. Era mediodía, era una mañana fría de otoño, el veintiséis de octubre si los cálculos no le fallaban. De pronto se le formó un nudo en el estómago al ver como una tupida niebla comenzó a rodearlo. Se detuvo y se apoyó en un árbol. «No, no puede ser, no por favor…». Pese a todo, hizo de tripas corazón y con determinación siguió caminando en línea recta. Sus pasos eran firmes. No vislumbraba más allá de un brazo de distancia, caminaba en línea recta alejándose más y más de Estrella de la Niebla.

Grande fue su estupor cuando la niebla se abrió para dar paso a una elevada reja negra: la reja del jardín de casa de la Veremunda. Entonces la niebla se deshizo y se vio de nuevo en Estrella de la Niebla. Se le heló la sangre, por mucho que intentara comprender, aquello no tenía ningún sentido.

—Me había dicho la Mercedes que te habías ido —dijo la Leotaria.

La miró sin poder disimular su consternación. Ella esbozó una gran sonrisa.

—Vamos hombre, ni que hubieras visto un fantasma. Ven, te acompañaré a casa de la Mercedes, no sea que te vuelvas a perder en el bosque, que es muy peligroso. ¡Si mejor que aquí no vas a estar en ningún sitio! —Lo agarró del brazo, tiró de él y Saemon no pudo ni reaccionar.

Apabullado y, sin saber muy bien cómo, se vio de regreso en su alcoba en casa de Mercedes. Se sentó en la cama, tenía que pensar, buscar el modo de salir del pueblo. Aprovecharía la noche, las mujeres quizá volvieran a reunirse, entonces se marcharía corriendo, se iría lejos de allí. Tarde o temprano daría con otra aldea, encontraría a alguien que lo ayudara.

Impotente, miró por la ventana. Algunas mujeres caminaban de un lado a otro ociosas, hasta que apareció doña Ángela. Desde luego su nombre le hacía justicia, pues parecía un ángel rodeado de vulgares siervos. Todas se inclinaban ante ella y le procesaban un gran respeto. No pudo evitar sentir curiosidad y abrió la ventana con sigilo y con la esperanza de escuchar algo de la conversación que mantuvieran.

—Faltan cinco días para los Santos —dijo Leotaria.

—Doña Ángela, ¿qué le ha parecido, señora? —preguntó Mercedes.

—Todo un acierto, no lo voy a negar. Además sin bautizar, es puro —replicó doña Ángela.

Se miraron unas a otras sorprendidas. Entonces Mercedes dijo algo que Saemon no entendió y doña Ángela asintió con la cabeza. Ante el gesto, Mercedes inclinó la cabeza repetidas veces y sonreía. ¿Sin bautizar? ¡Hablaban de él! ¿Por qué era relevante para ellas que él estuviera o no bautizado? No importaba, tenía que salir de allí. Tenía la garganta seca, mataría a quien fuera por un vaso de agua o una fruta fresca. Respiró hondo intentando olvidar sus necesidades físicas y volvió a centrarse en las mujeres. Fue en aquel momento en que doña Ángela sacó de una pequeña bolsa un abanico. Saemon había visto abanicos españoles a los comerciantes europeos en Japón, no eran de papel y hacían un sonido muy característico al abrirlos de golpe. Saemon esperó a que doña Ángela lo abriera con un gesto; y lo que hizo fue desplegarlo poco a poco. Saemon tragó saliva. Era un abanico de papel blanco, era un abanico japonés y tenía algo escrito. No necesitaba ver el abanico de cerca, pues lo conocía bien y sabía qué decían aquellos caracteres orientales.

No hay mar que pueda separar dos estrellas destinadas a estar unidas.

Comenzó a temblar cuando doña Ángela, abanicándose con total tranquilidad, miró hacía la ventana de Saemon y le sonrió. La cabeza le daba vueltas y le iba a explotar. Tenía que armarse de valor, ir hacia aquella mujer y exigirle explicaciones. ¿Por qué tenía ella el abanico de Honami? ¿Y el collar de cuentas? ¿Sería el mala del monje que los acompañó durante toda la travesía?

Cuando salió a la calle descubrió estupefacto que doña Ángela, Mercedes, Leotaria y las demás se habían esfumado. Esperaría a la noche, cuando las mujeres se reunieran se marcharía para no volver; no obstante, algo le ataba a Estrella de la niebla, necesitaba saber por qué doña Ángela tenía el abanico y el collar de sus compañeros de viaje.

 

6

Estaba anocheciendo cuando Mercedes servía la cena: caldo, pan y sardinas.

—Las sardinas estas tienen poca carne, pero a caballo regalado no le mires el diente —dijo Mercedes.

—¿Quién las ha traído? —preguntó Areúsa.

—La Bernarda. Dice que mañana traerá cangrejitos. Y niñas, vosotras a buscar nueces.

Las dos niñas sonrieron ilusionadas. Saemon las miró y se preguntó si aquellas dos criaturas sabían algo de lo que ocurría en Estrella de la Niebla. Tenían unos seis o siete años y se llamaban Flora y Bárbara. ¿Serían conocedoras de lo que acontecía a su alrededor?

Saemon se palpó el cuchillo bajo la camisa prestada del esposo de Mercedes, la camisa de Melendo. ¿Qué sería de él? Estaba claro que hacía tiempo que no iba a casa, ¿habría abandonado a su familia o habría sufrido algún trágico destino?, ¿qué destino? Miró a la sonriente Mercedes y a la arisca Areúsa. Areúsa estaba embarazada, igual que Leotaria. ¿Quién las había dejado en estado? Cerró los ojos, no le importaba la respuesta; lo único que deseaba era salir de aquel maldito pueblo y llegar a Cádiz. Y sobre todo deseaba regresar a Japón.

—Simón, te he sacado agua del pozo —dijo Mercedes llenándole el vaso.

—Gracias. —Saemon estaba sediento y se acercó el vaso a los labios. No percibió ningún olor ni sabor extraño, decidió correr el riesgo y bebérselo todo; de todos modos, si dejaba pasar muchas horas sin beber no llegaría a ningún sitio.

—Qué bien que hayas vuelto, Simon —dijo Areúsa—. Yo ya te echaba de menos. —Le dedicó una dulce y melosa sonrisa y le sirvió más caldo—. Espero que te guste, lo he hecho yo.

—Sí, está delicioso, pero no tengo más apetito.

—No seas tonto y come, que te vas a quedar en los huesos.

—De verdad, no quiero más.

—Déjalo, pelmaza, te ha dicho que no, pues es que no —dijo Mercedes.

—Si me disculpan, señoras, me retiro a dormir. Estoy agotado —dijo Saemon levantándose de la silla.

—Claro, los paseos por el bosque cansan mucho —dijo Flora.

—Shhh… ¡calla! —musitó Bárbara con una risita.

—¡Silencio niñas! —gritó Mercedes.

Saemon comprendió que no podía fiarse de nadie, ni siquiera de dos niñas de aspecto inocente.

Subió a su alcoba y apagó las velas. Se cubrió con las mantas desgastadas y esperó. Si todo iba como el día anterior al tocar las doce, las mujeres se reunirían y se marcharían. ¿Y las niñas? ¿Y si alguna lo veía y daba el aviso? No, no lo iba a permitir, las mataría antes de que lo delataran. En aquella ocasión tenía que intentar no ser visto, doña Ángela se había dado cuenta de que las observaba desde la ventana y quizá las demás también. Habría que actuar con cautela. Suspiró pensando en sus preciosas espadas, con ellas no tendría nada que temer y haría frente a cualquier peligro. Pensaba en sus espadas, en Japón, en sus padres, en su tierra… La cabeza le daba vueltas y el sueño le vencía. «El agua… el caldo… el caldo».

Vio a su amigo Honami acariciando su abanico en la cubierta del Hoshi Maru, entonces lo levantó en alto, como si fuera a ejecutar con él una danza. Saemon miró extrañado el abanico, era el mismo de siempre; en él había otro mensaje escrito con símbolos japoneses.

Cuidado con la niebla.  

 

Honami comenzó a girar y a girar, y la embarcación se convirtió en un lúgubre bosque. Su amigo desapareció y en su lugar se formó el cuerpo de una anciana robusta que lo miraba con ojos espantados.

—¡Cuidado con la niebla! —gritó Petra.

Despertó sudoroso y respiró aliviado al comprobar que aún no era media noche. Comprendió entonces que quizá la respuesta a sus preguntas estaba más cerca de lo que pensaba: Petra, la anciana que se encontraron de camino a Estrella de la Niebla, ella conocía a las mujeres del pueblo y por alguna razón estaban enemistadas. «No quiero saber más de esto, que se los lleve a todos», había dicho. Decidió que iría a buscar a Petra, le pediría explicaciones y quizá pudieran ayudarse el uno al otro.

Pasó una hora cuando las campanas de la iglesia dieron las doce. Saemon evitó asomarse, tan solo miró un instante, un segundo en el que halló a las mujeres en corro, vestidas de negro, cubiertas con mantillas y caminando envueltas en niebla a casa de la Veremunda. Salió entonces de la cama y de su alcoba, las niñas dormían en la habitación de enfrente. Tenía que comprobar que estaban dormidas y que no percibían su huída, pero, ¿y si se despertaban al abrir la puerta? Era un riesgo que tenía que asumir. Sujetó el cuchillo con la mano, abrió la chirriante puerta y se asomó con timidez. Odiaba aquellas puertas europeas tan ruidosas y aparatosas. Para su alivio Flora y Bárbara dormían, Barbara incluso tenía un hilillo de baba en la comisura. Descendió entonces por la estrecha escalera en silencio, como lo haría un ninja asaltando un castillo por sorpresa en mitad de la noche. Salió de la casa de Mercedes y corrió callejeando y alejándose de la casa de la Veremunda, internándose en el bosque en dirección a casa de Petra. Corrió y corrió, por un momento pensó que las piernas le fallarían o que el corazón se le saldría del pecho.

Las lágrimas se le escaparon cuando encontró, iluminada por la luz de la luna llena, la pequeña ruinosa cabaña de Petra. Golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Se asomó por las ventanas, que estaban tan sucias que era imposible vislumbrar el interior. Nervioso, dio un par de vueltas a la casa cuando la vio. Vio a Petra. La halló ahorcada, colgada de la rama de un árbol. Caminó con lentitud hacia ella sin poder contener el llanto, como si estuviera ante el cadáver de su madre. Petra era su esperanza. «Si esto ha sido por mi culpa lo lamento. Gracias por intentar ayudarme, siento no haberte escuchado cuando tuve la oportunidad». Pensó entonces en entrar en la cabaña, con suerte encontraría algo que sirviera como arma y que fuera más contundente que el pequeño cuchillo robado. Abrió la puerta, la luz mortecina de una vela sostenida por una palmatoria titilaba en el suelo y la cogió. El hecho de que hubiera una vela encendida significaba que alguien había estado allí hacía poco. Percibió un olor nauseabundo a muerte y putrefacción. Halló en el suelo una pequeña trampilla y una escalera carcomida que descendía. La curiosidad lo venció, se armó de valor y descendió.

Al llegar abajo, sostuvo la vela en alto, temblando aterrado. Allí amontonados se hacinaban los cuerpos de numerosos hombres. Y lo peor fue descubrir las cunas y las pequeñas camas en las que yacían inertes los cadáveres de niños, algunos no eran más que bebés y otros, casi adolescentes. Aquello era más de lo que podía soportar. Sintió el impulso de quemar la casa y los cuerpos, pero el fuego sería visto y no podía correr semejante riesgo. Apagó la vela y se alejó de allí.

Se guió por las estrellas, él era marinero y le bastaba un vistazo para saber hacia donde estaba el sur. Corrió y corrió sin descanso en dirección al mar, después recorrería la costa, tarde o temprano se encontraría algún barco o algún pueblo. Entonces el cielo se nubló. No importaba. Ya sabía dónde estaba el sur, sabía qué dirección tomar. Marchó con rumbo fijo y el corazón se le llenó de esperanza cuando escuchó el lejano bramido del mar, visualizó las olas rompiendo contra las rocas y no pudo evitar sonreír. Aceleró el paso impulsado por la alegría. Sin duda, sus ancestros cuidaban de él.

En aquel instante se oyó un aullido, y otro, y otro… Lobos. «No, no por favor…», suplicó desesperado. Hubiera preferido ser devorado por los lobos antes de ver lo que a continuación pasó: la niebla, la densa niebla blanca comenzó a elevarse desde el suelo y dejó de controlar sus propios pasos. En pocos minutos la niebla le llegaba a la cintura y tuvo que aminorar. Los aullidos y los gruñidos se habían multiplicado y sonaban cada vez más cerca. Saemon percibió las pisadas veloces de los lobos pisándole los talones, hasta que las garras se le clavaron en la espalda y notó el cálido jadeo del animal en la nuca.

 

7

 

Abrió un poco los ojos y la luz le molestó. Los volvió a cerrar. Saemon tenía todo el cuerpo entumecido y un intenso dolor le recorría la pantorrilla izquierda. Hizo un esfuerzo por abrir los ojos del todo y se vio en su alcoba en la casa de Mercedes. Oyó voces cuchicheando a su lado e intentó girarse, pero tenía los músculos agarrotados. Hizo un esfuerzo por acariciarse la cara y no sintió nada al palparla, la tenía dormida y se dio cuenta de que no podía hablar.

—¡Despertó! Míralo, el muy inconsciente…. —dijo Mercedes inclinándose sobre él—. ¿Qué? Menuda juerga anoche, ¿eh? ¿Cómo se te ocurre, alma de cántaro? ¡Te pillaron los lobos! Menos mal que te hemos encontrado. No te preocupes, cuidaremos de ti. La Pulqueria es buena curandera.

Entonces una anciana encorvada se acercó y levantó la manta para verle la pierna.

—Con esto se te pondrá bien en un mes. No se te ocurra moverte, Simón, no vuelvas a hacer el tonto o te quedarás cojo del todo —dijo Pulqueria—. Milagro ha sido que no he tenido que cortar. Mercedes, por la noche le cambias la cataplasma, ya sabes cómo prepararla.

A Saemon la cabeza le daba vueltas, se sentía muy confuso y asustado, solo quería salir corriendo de allí; pero no podía ni hablar ni moverse. Pulqueria se marchó con un tosco gesto y Mercedes se sentó junto a la cama en un taburete. Saemon la miraba impotente, deseaba agarrarle el cuello y estrangularla. La mujer tenía a su lado un saco de esparto y lo abrió.

—Mira Simón, nueces. ¿Tenéis de esto en Japón? Están muy buenas.

Entonces sacó un pequeño cuchillo y Saemon lo reconoció, era el pequeño cuchillo que había robado en la cocina. Mercedes sostuvo el cuchillo y una nuez, hundió la punta en el fruto, lo giró y ¡clac!, la cáscara se partió en dos. Después otra y otra… iba dejando a un lado las cáscaras y al otro las nueces peladas. Saemon miraba el cuchillo que tanta seguridad le había transmitido el día anterior. Se preguntó qué medicina le habrían dado, por qué se sentía paralizado y desde luego le preocupaba lo que Pulqueria le hubiera puesto en la pierna.

—Has sido un tonto, Simon —dijo Mercedes mientras cascaba las nueces—. ¿Tú te crees que la Veremunda va a dejar que te marches? No, no, ¡ni hablar! Hace mucho que no tenemos ninguno puro, ¡desde el moro! Y de eso ya hace tanto…

Saemon, sin poder moverse, bullía por dentro. Mil preguntas sin respuestas, demasiados cabos sueltos: el abanico, el collar, los hombres y niños muertos, la muñeca velluda de Leotaria, los lobos, Petra, la niebla y la Veremunda…

—Fuiste a ver a la Petra, ¿verdad? Pobrecilla. Solo tenía que obedecer, no era muy difícil, creo yo. Falló la muy malaje y ella solita se buscó la muerte, ¿quién le mandaría buscarnos complicaciones? Está en el infierno, de buena tinta lo sé. Lo único que tenía que hacer era criar a los niños durante un tiempo, como siempre, hasta que estuvieran crecidos y luego deshacerse de ellos, ya ves tú, ¿qué problema tendría?. Por su culpa están muertos y ahora tendrá que hacerse cargo la Librada, eso es cosa de las yermas… —Soltó un largo suspiro—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo sobreviviremos? ¿Qué harán mi Flora y mi Bárbara? Ahora solo te tenemos a ti, que me pareces muy elegante. Aunque da igual, doña Ángela te ha elegido y las de la sangre de la Veremunda tienen preferencia. Las demás tendremos que buscarnos la vida. —Mercedes dejó las nueces y miró a Saemon amenazándolo con el cuchillo—. No me mires así, quedan solo cuatro días para los Santos y no permitiremos que lo estropees. —Se apartó un poco y esbozó una gran sonrisa, guardó el cuchillo y llenó un vaso de vino—. Toma, bebe, te sentará bien.

Saemon intentó cerrar la boca, por nada querría beber aquel maldito brebaje; pero él era débil y ella fuerte. Notó el cálido y amargo vino cayendo a través de su garganta.

—Sí, bebe, bebe Simón. Te sentará bien. No te preocupes, cuidaremos de ti…

 

8

 

Saemon perdió la noción del tiempo, a veces recuperaba la consciencia, ganaba algo de movimiento y después el sopor siempre lo vencía. La boca le sabía al infame vino afrutado tan empalagoso.

En uno de sus despertares vio que era de noche y que estaba solo. Se sorprendió al no sentir el entumecimiento que le había frenado hasta el momento. Estiró los brazos y movió los dedos. Se acarició el rostro y se notó la barba, comprendió que habrían pasado al menos tres días al notar lo que le he había crecido. Logró incorporarse y se sintió mareado, «llevo demasiado tiempo sin comer bien», pensó. Entonces se acordó de su pierna herida y la destapó nervioso. La cataplasma colocada por Mercedes, que seguía las instrucciones de Pulqueria, parecía estar sanando la herida y ya no le dolía tanto como cuando despertó por primera vez. Se giró e intentó apoyar el pie en el suelo, necesitaba comprobar si podía moverse y caminar. Las preguntas volvían a atosigarlo: ¿por qué no lo mataban?, ¿por qué Petra había matado a esos niños?, ¿habría cometido la anciana semejante crimen o habrían sido las otras mujeres del pueblo? Doña Ángela lo había elegido… ¿para qué?

Respiró hondo. Él era un samurái, si iba a morir lo haría luchando. No volvería a huir, no se escondería más, haría frente a sus miedos. ¿Y si todo no era más que una pesadilla o fruto de su imaginación? ¿Y si había perdido el juicio durante el viaje? ¿O si el naufragio y el haber perdido a todos sus compañeros le habían nublado su buen entendimiento? Quizá aquellas mujeres solo quisieran ayudarlo, quizá Petra era una loca perturbada… tan perturbada como él. ¿Cómo lo habían salvado las mujeres de los lobos? ¿Y la niebla? ¿Y el abanico? Quizá doña Ángela tuviera un abanico parecido al de Honami y los deseos de reencontrarse con su amigo le hubieran jugado una mala pasada.

Las campanadas interrumpieron sus pensamientos. Eran las doce. Saemon se asomó con precaución a la ventana y vio la misma niebla envolviendo el corro de mujeres enlutadas que recorría el pueblo encaminándose a casa de la Veremunda, entonando sus cadenciosos cánticos.

Veremunda, hoy es la noche.

Veremunda, la noche de los Santos.

Veremunda, Veremunda.

A ti y a tu maestro nos encomendamos,

Veremunda, en la noche de los muertos.

 

Cuando las perdió de vista intentó ponerse de pie, se sorprendió al sentir las piernas fuertes, solo notaba un pequeño tirón en la pantorrilla lastimada. ¿Qué iba a hacer? ¿Huir otra vez? Volverían a encontrarlo. Miró por la ventana, la niebla dejada por las mujeres se disipaba y comprendió que la respuesta había estado siempre cerca. «Se acabó, iré a casa de la Veremunda. Ahora».

 

9

 

Tras comer un trozo de pan y una naranja en la cocina de Mercedes, salió. Buscó con la mirada algo que sirviera de arma, herramientas para trabajar la tierra o algún bastón, y no encontró nada.

Se plantó enfrente de la casa de la Veremunda, la reja estaba abierta y no se veía ninguna luz a través de la ventana. Entró en el jardín. Jamás había visto un jardín tan grotesco como aquel y se preguntó si en España serían todos así. Los jardines de su tierra eran hermosos, pequeños paraísos comparados con aquel infierno lleno de malas hierbas, enredaderas y ramas retorcidas que crecían sin ningún control. Subió una pequeña escalinata hasta la puerta principal y se sorprendió al encontrarla entreabierta, «¿me estarán esperando?». Dudó. Entró.

Unas velas alumbraban el recibidor y una música extraña se escuchaba, un instrumento que Saemon jamás había escuchado, sonaba metálico, grave y pausado. Provenía del piso inferior, del sótano. Los elevados techos le asombraron, las tupidas cortinas de terciopelo color púrpura y las esquinas llenas de telarañas. Había cómodas y armarios aquí y allá, todos llenos de polvo y suciedad. Cogió un candelabro, el peso del metal y el fuego serían un buen arma. Buscó por la planta principal sin encontrar a nadie, hasta que dio con las escaleras que bajaban al sótano en la cocina llena de hollín y ratones. La música se escuchaba con más intensidad y Saemon descubrió un extraño símbolo dibujado en tinta roja en la pared. En realidad no le era tan extraño, era una estrella de cinco puntas, como la que usaban los sacerdotes budistas en sus rituales, la única diferencia era que estaba invertida. No tenía ni idea de qué significaba aquello; al levantar el brazo y alumbrar, vio la misma marca trazada una y otra vez a lo largo de las paredes que bajaban hasta el sótano. Bajó un escalón y esté chirrió. Temió ser descubierto. Entonces se oyeron las voces de las mujeres rezando.

 

Ya está aquí. El mar nos lo trajo.

Él dará vida en la noche de los muertos.

Bien sabemos que Dios nos abandonó.

Dios jamás nos ayudó.

Nuestra fuerza viene de él,

viene del maestro.

Veremunda, tú nos enseñas.

Veremunda, tu hija está preparada.

 

Se le heló la sangre. ¿Qué hacía allí? ¡Había ido derecho al peligro! Sin saber qué hacer, regresó a la salida intentando no hacer ruido. Cuando se acercó a la puerta, vio a través de la ventana a varias mujeres en el jardín, todas ellas cubiertas con mantillas negras bloqueando el paso e impidiendo una huída. ¿Qué haría? Tras él se escuchaban lentas pisadas subiendo los carcomidos escalones que llevaban al sótano. Vio entonces unas anchas escaleras que subían y decidió intentar esconderse en algún rincón mientras meditaba y decidía qué hacer.

Ascendió ignorando la molestia de la pierna hasta el primer piso, donde el pasillo se abría a izquierda y derecha. Intentó abrir una puerta y resultó estaba cerrada con llave, probó con varias hasta que una cedió y entró cerrando la puerta tras de sí. Jadeaba, más por el miedo que por el cansancio. Dudaba de estar haciendo lo correcto, con todo estaba dispuesto a quemar la casa con aquellas mujeres endemoniadas dentro aunque le costara la vida. Se giró a fin de examinar la sala en la que estaba; alzó el candelabro y las velas iluminaron la estancia. El corazón le dio un vuelco y sintió un nudo en la garganta. Amontonados en el suelo y en cómodas, había infinidad de objetos polvorientos. Calzado y ropa de hombres, cayados y, sobre un enorme arcón, reconoció el abanico de papel. Lo tomó en sus manos y lo abrió poco a poco sin poder contener el llanto.

 

No hay mar que pueda separar dos estrellas destinadas a estar unidas.

 

También estaba allí el collar del monje y su túnica de sacerdote budista, y kimonos japoneses con los emblemas de los clanes de sus compañeros de viaje; entre ellos reconoció el emblema del suyo, el del clan Hasekura. Abrazó el kimono y lo olió, olía a polvo y a mar, y conservaba la fragancia de Japón. Sin dudar, se lo puso, si iba a morir prefería hacerlo vestido como un samurái y no como un campesino español. Las dudas sobre cómo habían llegado aquellos objetos allí eran abrumadoras y la respuesta solo podía encerrar terror y más incógnitas. Respiró hondo y miró el arcón, ¿guardaría algo de valor? Procurando no hacer ruido, apartó con cuidado las cosas que había encima de él, se puso al cuello el collar del monje y guardó en el kimono el abanico de Honami. Abrió el arcóny contuvo una carcajada. Sus espadas estaban allí, sus apreciadas espadas en sus hermosas fundas negras con las ramas de cerezo doradas. Las cogió y se sintió vivo y lleno de esperanza. Se las colocó en el cinturón y desenfundó la corta, pues en espacios cerrados era más fácil de usar. Supo que ya nada lo detendría y que pronto llegaría a Cádiz, donde narraría lo ocurrido. Con la izquierda cogió el candelabro dispuesto a quemar la casa.

—Vaya Saemon, te has escondido muy bien —dijo una voz áspera a sus espaldas.

Las mujeres lo habían encontrado y la que encabezaba el grupo lo miraba con media sonrisa. Era de avanzada edad, de aspecto orgulloso y sobrio. Sus largos cabellos blancos caían sobre sus hombros como la nieve sobre la ladera de una montaña. Y sus ojos acuosos, sin duda, habían visto muchos inviernos.

—No tienes porqué temernos, Saemon, no te haremos daño. Y no hace falta que reces, Dios no ayuda a nadie, ningún dios lo hace. A nosotras, querido mío, a nosotras nos ayuda el Diablo. —Su voz era grave y poderosa, profunda, como procedente de algún remoto infierno.

—¡Apartaos u os mataré a todas! —gritó Saemon tirando el candelabro contra las faldas de las mujeres que no se inmutaron.

La Veremunda empezó a reír a carcajadas y Saemon, ingnorándola, se abrió paso entre las mujeres y las llamas a golpe de espada. Hirió a varias y juraría haber matado a dos. Fue escaleras abajo tan rápido como su pierna lastimada le permitía. Se volvió y vio que lo seguían con las faldas ardiendo, como si no les molestara el fuego. Al llegar a la planta baja cogió otro candelabro y prendió las cortinas, estaba dispuesto a destruir aquel santuario demoníaco.

Abrió la puerta y salió al jardín. Allí estaba Leotaria, rodeada de otras mujeres vestidas de negro y con las cabezas cubiertas. Entonces sacó su otra espada y antes de que Leotaria pudiera hablar la decapitó. Las otras mujeres lo miraron con gesto inexpresivo e, iba atacar cuando el ruido de la madera ardiendo llamó su atención. La casa entera estaba en llamas, el techo comenzaba a desplomarse y de ella salían con paso tranquilo la Veremunda, Mercedes, doña Ángela, Areúsa, Pulqueria… ¡todas! Sus faldas ya no ardían, ¿cómo era posible? El Diablo las protegía.

Corrió tan rápido como pudo hacia el bosque. El dolor de la pierna era cada vez más agudo y supo que no llegaría muy lejos. Se volvió y parecía que no lo seguían. El agotamiento y el dolor lo vencían y se sentó apoyándose en un árbol. Deseó despertar de aquella horrible pesadilla; bien sabía que todo era real, o era real o él se había vuelto completamente loco. «¿Y si este infierno nace de mí mismo? Estaría dispuesto a bautizarme y rezar al Dios cristiano si me salva; no, Dios no ayuda a nadie…», pensó.

Permaneció un rato en silencio, intentando recobrar el aliento y la esperanza, cuando la niebla comenzó a elevarse y escuchó el lejano aullido de un lobo. Abatido y con lágrimas en los ojos tomó una determinación. Era un samurái y moriría como tal, tenía sus espadas. Guardó la larga, la corta le bastaba para abrirse el vientre. Una muerte honorable le libraría del horror, tan solo esperaba que su alma no quedara atrapada en el siniestro bosque, ¿velarían sus ancestros por él estando tan lejos de casa? Se abrió el kimono dejando el torso al aire. La niebla era tan densa que no veía a más de dos pasos de distancia. Cerró los ojos y se preparó para recibir la muerte y la espada en su vientre, cuando algo lo frenó. Abrió los ojos y vio la peluda garra de la Veremunda agarrándole con fuerza la muñeca. La miró y la horrible anciana esbozaba una amplia sonrisa.

—No Saemon, no vas a morir. No te preocupes. El Diablo cuidará de ti.

 

– FIN –

 

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