Recibid un cordial saludo, samuráis del Imperio, pues para compensar el largo silencio, os voy a contar un cuento. No es más que una breve historia para niños, quizá podría considerarse una fábula; en cualquier caso, es una de esas historias que aparecen de repente y que una siente el impulso de escribir cuanto antes.

Lo más curioso de este cuento es quizá el origen, la chispa que lo inspiró. Y es que, como he defendido en varias ocasiones, los juegos de rol son una gran fuente de inspiración. Este último fin de semana estuve de viaje en Rokugan o, en otras palabras, jugando una partida de rol en vivo de Leyenda de los Cinco Anillos. Por cierto, ¡si quieres saber más de juegos que pueden inspirarte, visita este post! La cuestión es que mi personaje y otro con el que se inició una trama muy bonita (y dramática) me inspiraron este sencillo cuento.  Tal vez no sea gran cosa, pero tened por seguro que de este tipo de actividades pueden surgir semillas maravillosas, si con La zorra y el león os animo a jugar y a adentraros en este fantástico mundo habrá merecido la pena.

La zorra y el león

Sucedió hace mucho, mucho tiempo, tal vez antes de la caída de los Kami, o tal vez fue después. En realidad no importa, pues esta es una historia sencilla, sin poderosos dioses o grandes héroes. Ocurrió que un león solitario, grande y poderoso, todo un experto cazador, paseaba por un frondoso bosque. Allí era el rey y ninguna criatura se atrevía a acercarse a él, todos le temían, ¡tal era su fiereza y su crueldad con sus presas!

Este león siempre caminaba con paso firme y seguro, tanto que ni siquiera tenía cuidado de no pisar a las criaturas más pequeñas, como hormigas y caracoles. Un día, nada más salir el sol, por desgracia pisó un roca afilada cubierta por un manto de hojas otoñales. El león se lastimó una de sus patas delanteras y, tal fue su dolor, que su rugido se escuchó en todo el bosque. Los animales que lo oyeron se alejaron temerosos; mientras el león, que no podía caminar, se tendió en el suelo, lamió su herida, que era oscura y profunda, y apretó los dientes para no mostrar su debilidad.

El amanecer se convirtió en atardecer. El dolor del león no cesaba pero lo que más le afligía era verse tan solo; nadie, ninguna criatura del bosque le había ofrecido su compañía o su ayuda.

—Ese león parece peligroso —dijo el pequeño ratón.

—Y ese rugido tan feroz delata que está furioso —añadió una ardilla.

—Será mejor no acercarnos —aconsejó el ciervo—, ahora que sabemos dónde está, podemos estar más protegidos.

—¿Nadie se ha acercado a él? ¿Nadie sabe por qué ruge?—preguntó una zorra de tres colas con el pelo rojizo.

—¡No! —exclamaron todos al unísono.

La zorra se sentó sobre sus patas traseras y ladeó la cabeza mirando al origen de la voz. Y es que los kitsunes son terriblemente curiosos. Desoyó los consejos del resto de los animales y se dirigió al claro en el que yacía el león lastimado.

Y allí lo encontró. Aquel portentoso y gran animal parecía cansado y abatido, sin embargo, cuando vio a la zorra alzó la vista con orgullo. La kitsune no se acercó demasiado y mantuvo una distancia prudencial pues, aunque estuviera herido, el león aún podía alzar su garra sobre ella, lastimarla y devorarla.  

—¿Qué te ocurre, león? —preguntó la zorra con curiosidad.

—Esta roca hirió mi pata y ahora no puedo caminar. Nadie ha venido a verme y nadie se ha preocupado por mí.

—Bueno, yo sí he venido a verte.

—¿Acaso te preocupas por mí? —preguntó el león extrañado.

La zorra volvió a ladear la cabeza, como si meditara una respuesta que nunca llegó.

—Quizá me entiendes ya que eres una cazadora como yo, a ti también te tendrán miedo —dijo el león.

—¿Miedo? No. Mis presas no me temen.

—¿De veras? ¿Por qué?

—Veras, yo me alimento de ratones y conejos, sus camadas son tan grandes que no hay alimentos para todos en el bosque, así que agradecen mi labor. Si no fuera por mí ellos mismos tendrían que matar a algunas de sus crías.

El león sacudió su cabeza sorprendido.

—¡Y dirán que yo soy cruel! —exclamó—. En cualquier caso, gracias por venir. Temo que moriré aquí, pues no puedo caminar y cazar para alimentarme. Al menos, si te quedas conmigo, no moriré solo. Cada vez me siento más cansado…

La kitsune lo miró con tristeza, la herida sangraba sin cesar y presentaba muy mal aspecto. Tras un largo silencio, sus ojos dorados centelleron y agitó las colas.

—Creo que tengo una idea, hay algo de esperanza para ti.

—¿Esperanza para mí? ¿Cómo, pequeña kitsune?

—Hay una flor que crece en el corazón del bosque. Nace en unos arbustos color verde esmeralda y sus pétalos son dorados como el sol. Nadie se ha atrevido nunca a cortar a una porque dicen que es una planta sagrada; si es así, tal vez pueda sanar tu herida.

—¿Y si caen sobre ti las malas fortunas por cortar una de esas flores? No, no permitiré que te arriesgues por mí, tú, la única que has venido a verme. ¡No! Esperaré a la muerte sin miedo.

—¿No lo permitirás? ¿Acaso puedes impedirlo? Recuerda, orgulloso león, que yo soy la dueña de mi destino.

Y sin decir más, la kitsune dio un salto y desapareció. El corazón del león se encogió lleno de temor y esperanza al mismo tiempo.

La zorra, por su parte, se dirigió con premura al centro del bosque. Conococía bien cada camino, cada recoveco, cada árbol… pues aquel bosque era su hogar. Aunque pronto sería de noche, el centro del bosque brillaba como si fuera de día, tal era el fulgor de las flores doradas. La kitsune se acercó con temor y contempló aquellos crisantemos que parecían pequeños soles. Suspiró preocupada, «¿y si tengo mala fortuna por cortar uno? No… Si el león no tiene miedo, yo tampoco». Hizo una reverencia ante el arbusto.

—Perdonadme, flores sagradas. No sé por qué, pero algo en mi interior me dice que he de ayudar al león. ¿De verdad tendré mala fortuna si os corto a una de vosotras…? Pronto tendré una respuesta. Nunca nadie ha arrancado uno de estos crisantemos y nunca sabré la verdad si no lo intento.

Eligió la flor más diminuta, mordió el tallo y cuando la arrancó vio como otro capullo se abría. Gracias a los cielos, el arbusto no había sufrido ningún daño.

Corrió de nuevo hacía el león, le angustiaba la idea de no llegar a tiempo y encontrarlo muerto. El león seguía con vida cuando lo encontró, pero estaba débil, muy débil, tumbado de lado y desangrado, su respiración era frágil y parecía estar a punto de extinguirse. Con todo, el león aún inspiraba temor, le bastaba alzar una de sus zarpas para matar a la kitsune al instante. Mas la zorra no tuvo miedo, se acercó a él y depositó el crisantemo sobre la herida del león. Al instante, la flor dorada se deshizo como el polvo de estrellas y la herida brilló con tal fuerza que la zorra tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió de nuevo, encontró ante ella a un león imponente de aspecto fiero que se alzaba sobre sus cuatro formidables patas. Estaban muy cerca el uno del otro, la zorra permaneció inmóvil y el león levantó su garra sanada y la dejó caer sobre la cabeza de la kitsune. Lo hizo con toda la delicadeza de la que fue capaz, ocultando sus uñas y procurando no lastimarla. Aquella era la primera vez que utilizaba sus zarpas para acariciar y no para cazar.

—Gracias, pequeña kitsune. Dime, ¿por qué te has arriesgado por mí? Podría haberte lastimado, podrías tener mala fortuna por cortar un crisantemo sagrado.

—Sentía curiosidad, quería saber qué pasaría. No me has hecho daño por lo que ahora sé que cortar el crisantemo para ayudarte me ha traído buena fortuna.

—Te prometo, querida kitsune, que nunca lastimaré a uno de los tuyos.

Desde entonces, aquel que ve un kitsune en el bosque, puede estar seguro de que tendrá tan buena fortuna como la que tuvo el león.

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