Relato: “La sombra del kitsune, un cuento de Shirukuni”

Esta semana, te dejo este breve cuento de Shirukuni que comparte nombre con este blog, La sombra del kitsune. Puedes descargarlo en Lektu si prefieres leerlo en tu ebook o tablet, espero que lo disfrutes. Este relato transcurre en Shirukuni, el mundo que creé para mi saga Shirukuni.

 

La sombra del kitsune

Un cuento de Shirukuni

M. H. Isern

Kei emprendió un viaje, el primero de su vida y, quizás, el último. Acababa de cumplir cincuenta años y, tras haber perdido a su padre hacía unas semanas, decidió marcharse de la aldea en la que había pasado toda su vida. Aquel pequeño pueblo de las tierras del Vacío, rodeado de bosque y atravesado por un estrecho sendero, había sido en realidad un lugar hostil, pues sus vecinos siempre le dedicaron miradas recelosas. Nunca entendió por qué.

Se crió con su padre, un artesano fabricante de sombrillas y abanicos, de él aprendió el oficio y siguió sus pasos durante décadas. Apesar de que apenas se relacionaban con el resto de aldeanos, sus trabajos eran dignos de elogio y nunca pasaron hambre.

—Padre, ¿por qué no nos vamos de aquí? Viajemos por Shirukuni, busquemos una ciudad por la que transiten más mercaderes, daimyos a los que vender nuestras sombrillas y nuestros abanicos. ¿Por qué seguir en esta aldea? —preguntó Kei al cumplir los veinte años.

—No puedo marcharme, algo me ata a este lugar, al bosque… Pero si decides irte, lo entenderé —respondió el artesano con una sonrisa triste.

—No, padre, no te abandonaré.

Kei ni siquiera se había casado. Su padre había intentado en vano cerrar algún acuerdo matrimonial, pero no hubo ninguna familia dispuesta a emparentarse con ellos. Así que cuando la muerte le arrebató a su padre, su única familia, decidió viajar a Kyuden Sora, la hermosa capital de las Tierras del Vacío, que estaba tan cerca y, a la vez, parecía tan lejos. Tenía intención de consagrarse a la vida monástica, servir al dios Izanagi e iniciar después una vida sencilla en las montañas. Le apenaba abandonar su casa, después de todo, había sido su hogar y le afligía pensar en lo que los aldeanos harían con ella en su ausencia. Pero no tenía importancia, después de todo, no quería regresar. Puso un pie en el bosque y volvió la vista atrás; las pequeñas casas y sus habitantes parecían ignorarlo como de costumbre. No se había despedido de nadie.

Avanzó durante horas bosque a través hasta que anocheció Era pleno verano y durante el día hacía un calor asfixiante. La noche solía dar tregua y traía una brisa fresca, aunque aquella prometía ser bochornosa. Había confiado en su sentido de la orientación, a pesar de que era evidente que no tenía ninguna experiencia como explorador. Se oyó un trueno rugir en el cielo y la lluvia comenzó a caer con tal intensidad que Kei temió que su sombrero de paja se deshiciera. «Susanowo maldice mi viaje», se lamentó.

Corrió desorientado, buscando algún árbol robusto que pudiera protegerlo, cuando vio un tímido fulgor parpadear a lo lejos. Esperanzado, corrió hacia la luz hasta encontrar una pequeña y vieja cabaña. Recordó los cuentos que su padre le narraba de niño sobre brujas y yokai que se escondían en casas como aquella para atrapar a los aventureros perdidos. Respiró hondo intentando alejar sus miedos y, al fin, golpeó la puerta con los nudillos.

—¡Soy un viajero perdido en la tormenta! ¡Por favor! ¡Necesito refugio!

Esperó unos instantes, nervioso y con un nudo en el estómago, hasta la puerta se abrió descorriéndose hacia un lado. Tuvo el impulso de huir; pero las piernas se le paralizaron cuando se halló ante una mujer joven y hermosa, de rostro dulce y mirada serena que lo observaba con curiosidad.

—Buenas noches, viajero. Sé bienvenido, el bosque no es un lugar seguro en noches como esta. Mi hogar es humilde, pero hay fuego y comida caliente.

Kei entró, fascinado por la belleza de la mujer. Ella se mostró tan amable que sus temores se disiparon y pensó que era imposible que alguien tan afable pudiera hacerle algún mal.

—Gracias por tu hospitalidad. Mi nombre es Kei.

—Yo me llamo Shima, no suelen pasar muchos viajeros por aquí. ¿Adónde te diriges?

—A Kyuden Sora. Dime, ¿no hay nadie más contigo? ¿Cuánto llevas aquí?

—Estoy sola. Vivo en el bosque desde hace cincuenta años.

—¿Cincuenta años? Es curioso, yo acabo de cumplir esos mismos años.

—¿De veras?

Shima ayudó a Kei a desprenderse de la capa y el haori empapados y los extendió cerca de una estufa. Después, puso a calentar una vieja tetera y preparó tofu en unos humildes cuencos de madera.

—Lamento que mi comida sea tan sencilla, yo no necesito mucho más —dijo Shima.

—Lo poco o mucho que me ofreces es más de lo esperado, gracias. Si me lo permites, debes llevar aquí toda tu vida, llegarías siendo muy pequeña. No parece que tengas más de treinta años. ¿Siempre has vivido en soledad?

—Sí, y no acostumbro a recibir visitantes. No me malinterpretes, aprecio mucho la compañía de un sabio viajero —respondió Shima sirviendo el humeante té.

—Por favor, disto mucho de ser sabio —dijo Kei sonrojándose.

—Me gustaría tener más visitas, es agradable oír las historias que los pocos caminantes que pasen puedan contar. —Shima hablaba con voz cadenciosa, como si meditara cada palabra antes de pronunciarla.

—Bueno —carraspeó Kei tomando la taza de té en sus manos—, he vivido toda mi vida con mi padre, Koji, en una pequeña aldea cercana. Hace poco él murió y hoy mismo he iniciado este viaje. Así que no he visto mucho mundo ni he presenciado nada extraordinario.

—¿Tu padre te crió solo?

—Sí —dijo él con tristeza—, nunca conocí a mi madre. Mi padre jamás quiso hablarme de ella. Siempre ha sido como si estuviera muerta… Algunas veces descubrí a mi padre mirando con tristeza hacia este bosque. Por las noches, le oía llorar y suspirar sin apartar de la vista la arboleda. Una vez le pregunté qué le ocurría, qué buscaba incesantemente con la mirada. Me respondió: «la sombra del kitsune». Jamás volvimos a hablar de ello.

—¿Tuvo una buena muerte? —musitó Shima con tristeza.

—Sí —respondió Kei sorprendido por la pregunta—. Enfermó y el médico del pueblo, aunque no pudo salvarlo, alivió su dolor con pociones y ungüentos—. Shima lo miró en silencio y una lágrima rodó por su mejilla, pero Kei no percibió el gesto, pues estaba inmerso en el recuerdo de su padre—. Antes de morir me dijo: «busca la sombra del kitsune». Supongo que deliraba—. Kei se encogió de hombros forzando una sonrisa y cogiendo un trozo de tofu con los palillos—. ¡Vaya, está delicioso!

—Es una historia fascinante —dijo ella, que lo miraba con los ojos brillantes y una sonrisa cargada de añoranza.

—No tiene nada de especial —respondió él—. ¿Y tú? ¿Recuerdas alguna historia para esta noche de lluvia?

—Sí, conozco una—. Shima suspiró y, tras vaciar con lentitud su taza de té y mordisquear el tofu, colocó las manos en su regazo y miró a Kei con una mezcla de nostalgia y alegría—. Ocurrió hace mucho tiempo, algo más de medio siglo. Había un artesano muy apuesto que vivía en un pequeño poblado. Era todo un maestro en su oficio, trataba cada material con suma delicadeza: el bambú, la tinta, el papel… Paso a paso, hacía de cada trabajo una obra de arte. El joven artesano no tenía esposa. Varios vecinos quisieron casar a sus hijas con un hombre tan prometedor, pero él no se decidió por ninguna. Hasta que un día, en el Festival del Verano, llegó una joven a la ciudad. Era una humilde cocinera que tenía un puesto de tofu y pasteles de arroz y judías. Viajaba por todo el Imperio, de festividad en festividad, para vender sus delicias.

>>Era una mujer muy hermosa, como nunca habían visto en la aldea. Muchos se sintieron fascinados por su belleza y su candor e intentaron cortejarla y tomarla por esposa. Pero ella los rechazó a todos, salvo a uno. Cuando el artesano se presentó en su puesto de tofu, ella se enamoró. Él le había llevado un regalo, se trataba de un precioso abanico en el que había un zorro dibujado con suaves trazos y colores brillantes. Ella se enamoró de su sonrisa, de su talento, de la delicadeza y el esfuerzo con el que realizaba cada uno de sus trabajos. Aquella fue la última aldea a la que viajó la cocinera, pues se casó con el artesano y ambos fueron muy felices.

>>Pero la gente es perversa y envidiosa. Muchos hombres deseaban haberse prometido con la cocinera, y otros tantos querían haber casado a sus hijas con el artesano. Y desde luego, muchas mujeres, celosas de la belleza de la cocinera, la dejaron de lado y extendieron rumores malintencionados sobre ella: supuestos amantes, historias falsas sobre su pasado… Incluso, algunos afirmaron que la cocinera era una bruja. Mandaron un aviso a Kyuden Sora solicitando que un Onmyoji acudiera para realizar un exorcismo y, si era necesario, ejecutar a la hechicera. Para entonces, ella acababa de dar a luz a un bebé precioso.

>>Al llegar la primavera, un viejo Onmyoji llegó a la aldea. No viajaba solo, sino que iba acompañado de un perro. Era un perro de orejas puntiagudas, con pelaje rojizo y la espesa cola rizada hacia arriba. A todo el mundo le pareció un animal muy simpático y los niños no dejaban de acariciarlo. Pero no le gustó a la cocinera… En cuanto la vio, el perro comenzó a ladrar nervioso y la mujer, asustada, se encerró en su casa sin dejar entrar a nadie. Toda la aldea se congregó en torno a la casa del artesano, que no entendía lo que estaba ocurriendo y, en vano, llamaba a gritos a su esposa. Al fin, el artesano y varios hombres lograron abrir la puerta y entraron. Hallaron en el centro de la sala el kimono y el obi con los que se había vestido la cocinera aquel día. El artesano se acercó y, cuando fue a levantar la tela, un hermoso zorro blanco de tres colas saltó esquivando a los aldeanos y se adentró en el bosque para no regresar. La gente del pueblo decidió no perseguir al kitsune, pues lo consideran una criatura sagrada y no conviene hacerles daño. Después de todo, aquel kitsune no había hecho ningún mal, tan solo se había enamorado. Durante décadas, el kitsune vagó en soledad por este bosque, evitando todo contacto con los humanos, intentando olvidar… ¡Pero es tan difícil dejar atrás a los seres que amamos!

Shima guardó silencio dando por concluido su relato. El té y el tofu se habían terminado y fuera había dejado de llover.

—Es una triste historia —dijo Kei.

—Lo es. Durante décadas me he preguntado qué fue de mi amado Koji. Ahora sé que no me olvidó y que siempre me esperó. Lamento haberle causado tanta infelicidad.

Kei la miró desconcertado, preguntándose qué clase de broma le estaba intentado gastar aquella mujer.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él.

—No sabes cuánto me alegra haberte vuelto a ver. Buscabas sin saberlo la sombra del kitsune, la misma que tu padre ha aguardado durante años, y la has encontrado.

—¡Deja de decir estupideces! ¿Cómo te atreves a utilizar la memoria de mi padre para engañarme? ¡Se acabó! ¡Me marcho de aquí!

—Tenías razón, Kei, distas mucho de ser sabio —dijo Shima sin apenas inmutarse.

Kei soltó un gruñido, se levantó, cogió su ropa y su sombrero saliendo de la humilde choza. Shima lo siguió observándolo con tristeza.

—Me creas o no, vas a odiarme de todos modos, o bien por mentirte, o bien por haberte abandonado. No tiene importancia. No me arrepiento de haber amado a tu padre y de haberte traído a este mundo. Tuve que huir, no me quedó más remedio pues, una vez me transformo en zorro, no puedo volver a mi forma humana hasta que pasan cincuenta años.

Kei no respondió, enfadado, se calzó sus sandalias de paja.

—Acepta un consejo —prosiguió Shima—. No rastrees la sombra del kitsune, pues es evidente que te vuelves ciego cuando encuentras lo que buscas.

—¡Yo no te buscaba!

—¿Estás seguro? ¿Estás seguro de que tu verdadero deseo no era el de perderte en este bosque con la esperanza de encontrarme? ¿No deseabas hallar respuestas y desentrañar el misterioso secreto que ha ocultado tu padre durante tantos años?

Kei la miró furioso, irritado ante el hecho de que Shima hubiera podido vislumbrar dentro de él con tanta claridad.

—¡Dame una prueba de que lo que dices es verdad! —exigió Kei.

De pronto, Shima se esfumó dejando en el suelo su sencillo kimono y el obi. Kei se acercó y, cuando levantó el kimono, un zorro blanco de tres colas saltó y corrió desapareciendo entre los árboles. Aturdido, buscó desesperado entre las ropas de Shima, sin poder dar crédito a lo ocurrido. Entonces encontró, escondido bajo el obi, un abanico. Lo abrió con lentitud, en él había un zorro dibujado y, en un lado, pudo leer la firma del artesano que lo había hecho, la firma de su padre.

Kei jamás llegó a Kyuden Sora y tampoco abandonó el bosque. Lloró amargas lágrimas de arrepentimiento, llamó a su madre pidiéndole perdón sin obtener respuesta. Vagó por el bosque sin rumbo y sin descanso, buscando entre los árboles la esquiva y enigmática sombra del kitsune.

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